Práctica de la Presencia de Dios

por Antonio Blay


El ejercicio de la constante presencia de Dios es obligarse a recordar que Dios está constantemente presente y actuando en mí; que es Él quien me está dando todo lo que soy y la posibilidad de expresar todo eso que me da, que me comunica mi propio ser, mi identidad. Darme cuenta de que Dios está ahí, que yo no estoy nunca separado de Dios ni Él de mí; es mi mente la que se cierra, la que se pone de espaldas, es mi mente que, por pequeña y miope, se limita a lo aparente, a lo evidente, a lo que estimula el sentir más externo, más superficial.

Cuando mi mente trabaja en un plano más profundo, intuitivo, entonces va reconociendo que existe en mí esta fuente que se está expresando constantemente; es Dios que se está expresando en forma de mi yo, y de ahí surgen todas mis capacidades. Y en las otras personas igual. Dios está siempre presente; Él es el verdadero fondo del yo de los demás y también el auténtico fondo de todo lo que ocurre.

Vivamos la presencia de Dios a lo largo de todo el día; de un Dios que es Inteligencia absoluta, Energía absoluta y Amor absoluto. Y esos atributos que Dios manifiesta a través de mí se expresarán en la medida que yo lo permita, en la medida que yo me abra a ello; y que mi conciencia pueda aceptar que es así, porque si mi conciencia no lo acepta, si mi mente no lo reconoce, yo seguiré actuando en virtud del minúsculo esquema que tengo de mí. Es mi mente la que acepta o rechaza, la que abre o cierra, la que reconoce o ignora. La Presencia de Dios hay que vivirla mediante este reconocimiento constante de Dios presente y actuante en mí, en los demás y en todo, siempre y en toda circunstancia.

Esta noción de Dios es simplemente un problema de reconocimiento. Yo ya estoy siendo conducido por Dios, sólo que creo que soy conducido por mí mismo, por mis ideas, mis deseos, mi talento, etc., y esta afirmación en lo individual la pago luego con esta guerra frente a todo lo demás, con sentirme aislado de todo el resto. Pero cuando yo reconozco que esta es la verdadera Realidad que intuyo, es este mismo Dios que se expresa en mí, y me abro y me entrego totalmente, este reconocimiento transforma toda mi conciencia; dejo paso a que sea Dios quien cumpla Su voluntad a través de mí, porque entonces mi afirmación no está en ser de un modo, sino que está en ser en el Ser. No está en conseguir que me amen sino en abrirme al Amor; no en descubrir unas verdades o realizar unas elaboraciones mentales, sino en reposar en la Luz que ilumina a todo ser humano.

Dios es lo único que vale la pena de ser pensado y vivido en todo momento. Y en Dios vivirlo todo; desde este punto alto – por encima de la cabeza y atrás-, centrándonos ahí vivirlo todo. Lo que vivo en mi nombre y todas las circunstancias que me rodean. Eso no es vivir en las nubes, es aprender a unir el cielo y la tierra porque ésa es nuestra misión.

Se trata de abrirnos a esta Presencia Superior para que sea Ella la que dirija nuestra personalidad.

La consigna es vivir en esta conciencia amplia, vivir este misticismo experimental lo más elevado posible, y a la vez mantener una total sencillez y un gran sentido de realismo ante toda situación. Lo único que cambia es el centro de gravedad; antes yo me apoyaba en la conciencia de mí, en mis derechos, mis deseos, mis voluntades. Ahora he descubierto que el verdadero centro de mí es lo que llamo Dios; y al trasladar este centro de gravedad de la noción de mí a la noción de Dios, entonces quedo todo yo disponible para vivir con simplicidad todas las cosas de la vida diaria.

Renovar esta experiencia de la Presencia activa de Dios es dinamizarnos de un modo real y cambiar la polaridad de toda nuestra vida. Antes mi vida estaba dedicada a defenderme, a afirmarme, a consolidarme frente a los demás y frente a las circunstancias. En el momento en que descubro el hecho real de que Dios está presente y activo en mí, entonces también descubro que toda seguridad, toda realidad, me está viniendo de esta Presencia y que esto es invulnerable, que no hay nada que afecte a esta presencia de Dios en mí, y que esto no es algo que se refiere a otro mundo, sino que es el centro mismo de toda experiencia humana, sea cual sea el ámbito en el que se manifieste. La Presencia de Dios es el centro de todo lo que ocurre.

Entonces dejo de buscar seguridad en las cosas, dejo de defenderme o de afirmarme en las situaciones, porque descubro que la única afirmación posible es esa Presencia de Dios en mí. La única satisfacción, la única plenitud posible, sólo me la puede dar esta Presencia. No porque yo lo crea o porque me lo hayan dicho sino porque lo descubro experimentalmente. La vida se convierte entonces en un estar más y más permanentemente abierto a la Luz, a la Presencia Divina en nosotros, y aunque nosotros sigamos actuando de acuerdo con las exigencias cotidianas de nuestra situación, nos damos cuenta de que quien lleva realmente la dirección de mi vida no es mi inteligencia personal, mi previsión, mi cálculo, mi voluntad, sino que me doy cuenta de que hay una Voluntad Superior, una Inteligencia Superior, un Poder Superior que está actuando en mí, dinamizando en mí todo lo necesario. Nadie debería notar que estoy viviendo esto; mi sencillez y mi naturalidad deben ser totales, porque si creo que debo hacer algo especial al vivir esto, entonces ya estoy interponiendo algo (...). La sencillez es la marca de fábrica de la espiritualidad real.

Durante el primer tiempo que uno dedica a esta práctica es necesario el esfuerzo personal, de voluntad, para ir repitiendo, renovando la actitud de contacto.

Esta práctica de la Presencia de Dios, hecha mediante un reconocimiento reiterado, constante, a lo largo del día, y mediante una relación personal en forma de oración espontánea dirigida a Dios, es uno de los medios para ir reconociendo esta Identidad profunda y para convertir esto en una realización efectiva que transformará nuestra vida.

 

Fuente: http://www.antonioblay.com/Dossier.pdf


 

La Técnica de la Presencia
  

Por medio de esta técnica, el alma asume el control de la personalidad integrada y de sus relaciones, horizontal y vertical. Esta técnica implica la apertura de la flor de la intuición que disipa la ilusión, revela al Ángel, indica la Presencia y abre al discípulo el mundo de las ideas y la puerta de las iniciaciones superiores. Cuando el discípulo capta y aplica estas ideas divinas o pensamientos simiente, se convierte en un iniciado, entonces es posible la tercera iniciación como meta inmediata. La intuición significa la aplicación del poder de transfiguración. Dicha técnica está relacionada con la poco conocida yoga del fuego o Agni Yoga. --134

La Técnica de la Presencia, cuando es satisfactoriamente seguida permite que la intuición afluya, y reemplazando a la actividad de la mente razonadora, disipa la ilusión, sustituyéndola [e150] por ideas divinas, formuladas en conceptos que llamamos ideales.

"Condúcenos de la oscuridad a la luz" se refiere a la mente cuando eventualmente la ilumina la luz de la intuición; esta iluminación es llevada a cabo por medio de la Técnica de la Presencia, desde la Cual brilla la luz. Este factor mediador produce la Transfiguración de la personalidad y un centro de luz radiante en el plano mental. Esta afirmación es verdadera, ya se refiera a un individuo o a ese [e154] punto focal de luz formado por la unidad mental y el claro pensar de la humanidad avanzada. Por el poder de su mente unida conseguirá liberar al mundo de algunos aspectos de la Gran Ilusión.

    --AAB-DK: Espejismo, un problema mundial


 

LO ESPIRITUAL: ALGO EXPERIMENTABLE

por Antonio Blay



Lo espiritual como objeto de creencia puede modificar en cierto grado nuestros valores e influir en nuestros esquemas de conducta relacionados con nuestra vida diaria. Pero lo espiritual sólo empieza a ser algo realmente revolucionario en nuestra vida cuando pasamos de la creencia a la experimentación de ese algo Superior.

Por lo tanto, aquí no vamos a proponer ninguna creencia sino que más bien vamos a partir de esta intuición de realidad que ya se posee, e intentaremos convertir esto que hasta ahora es sólo una intuición o una aspiración en algo experimental, en algo que penetre activamente en nuestra vida, y que sea algo tan concreto, intenso y real como puedan serlo las cosas más concretas de la vida cotidiana. Lo espiritual empieza a ser realmente importante cuando es operativo en nuestra vida; no cuando es sólo objeto de una fe o una creencia. La fe y la creencia son puntos de partida; pero mientras uno quede en el punto de partida no llegará a su destino. Si existe una realidad espiritual, si existe una identidad profunda, algo que está detrás de esa intuición o aspiración que tenemos de algo esencial, esta realidad la hemos de realizar en nuestra propia experiencia humana. Pues si nosotros no podemos realizar esa Realidad, entonces no será realidad para nosotros, y por lo tanto no será operativa en nuestra vida, tendrá poco valor.

Cuando la persona se ha integrado a través del trabajo, sin que haga falta que se haya culminado de un modo perfecto, pero sí que se haya logrado esta integración, esta unificación de las dualidades creadas artificialmente, como son la separación del fondo y de la forma, y la separación de lo que es consciente e inconsciente con todas las cargas retenidas en el inconsciente, cuando todo esto se ha reasumido en una unidad, de nuevo entonces reaparece de un modo natural una expansión de conciencia y la persona descubre dos cosas: que hay una unidad mucho mayor en el sentido horizontal cuando uno vive como sujeto central y uno, poco a poco, se descubre siendo a la vez el centro de las cosas que existen. No es mi centro y otro centro, y otro y otro; sino que se descubre que sólo hay un centro y cuando se llega a este centro se descubre uno siendo el centro de toda la multiplicidad de formas que existen y, poco a poco va amaneciendo esta conciencia. Se va despertando a una unidad de la existencia, sin hacer nada, simplemente por el hecho de vivirse como centro de la propia existencia individual. El centro de la existencia individual da acceso al centro de conciencia o a la existencia universal. Y en segundo lugar se produce otra expansión, que es la misma vista de otro modo, en un sentido vertical, no horizontal. Entonces uno va descubriendo niveles de conciencia y de existencia muy superiores a lo que constituía la vida normal. Ahora voy a hablar de esos niveles.

El despertar vertical, al principio se produce sólo a través de flashes, de experiencias súbitas, abruptas; pero luego, poco a poco, va descubriéndose que eso está ahí siempre y que siempre está disponible; como unos campos inmensos de energía más sutil, mucho más fina que la mental, afectiva, vital, y que se viven como cualidades distintas. Hay un campo de una felicidad extraordinaria, un campo de luz y felicidad: felicidad, gozo, amor ilimitado, con una calidad e intensidad extraordinarias, sin límites. Son una existencia y una conciencia oceánicas. Y hay otro campo que es de tipo mental, que también es luz pero es una luz distinta en la que hay una realidad que es la verdad, que es como la matriz de las cosas que existen y que es una mente superior y que uno descubre que es la base, la verdadera naturaleza, de lo que luego aparece como mente más concreta, más inferior. Luego hay otros niveles que se viven como campos inmensos de energía, de pura energía. O sea que encontramos el equivalente a los tres niveles básicos aquí abajo: energía, mente y afectividad, pero en un sentido cualitativamente mucho mayor y desde luego infinito. Infinito, por lo menos desde la perspectiva de quien lo descubre.

El hecho es que como vive eso que tiene un valor, una calidad y una plenitud sin comparación con todo lo que se vive normalmente en la experiencia personal, la persona siempre cree que esto es una cosa distinta a ella, lo vive como otro, y ¿por qué? Pues porque la persona lo está viviendo desde la identificación con su propio yo idea; “yo creo ser este cuerpo y unas experiencias determinadas y unas ideas y unos hábitos”. Yo creo ser eso y cuando de repente vivo otra cosa distinta forzosamente le atribuyo una identidad distinta a lo que creo ser yo; pero de hecho no es otro, de hecho eso soy yo.

Es la idea firme de que yo soy esa pequeña persona que estoy acostumbrado a creer, es esa idea la que me separa, la que me hace creer que no lo soy. Entonces, cuando se va la experiencia surge una añoranza, una demanda de restablecer de nuevo el contacto y eso producirá en cada persona, según su formación, según su tradición, según su contexto cultural y posibilidades, o bien una actitud muy religiosa, o bien una actitud muy meditativa, muy metafísica o cualquier otra actitud. De algún modo es como si uno tendiera a buscar algo que realmente se separa de lo que es el círculo cerrado de la vida habitual.

De hecho, estos niveles son una dimensión más de nosotros mismos, son nuestra conciencia superior, nuestra conciencia espiritual, nuestra dimensión espiritual, y porque es nuestra dimensión espiritual quiere decir que siempre tenemos un acceso posible a ella (...). Cuando llego a intuir que realmente eso es una dimensión maravillosa de mí mismo, me doy cuenta de que la separación sólo existe en mi mente y por ello es importante entender si uno lo intuye o si no, cuando lo va experimentando mirarlo hasta que poco a poco uno va aprendiendo a reconocerse, a despertarse como sí mismo en esa nueva dimensión.

De hecho, todo lo que yo puedo soñar como deseo de llegar a una felicidad, a un amor, a una conciencia de infinitud, a una realidad intrínseca en sí, o a una comprensión de todo, todo eso está en mí. Viene a mí la demanda precisamente porque soy eso. Si yo no fuera esa infinitud no podría surgir en mí la demanda de infinitud. El problema es que soy esa infinitud pero estoy viviendo en mi mente como si fuera fulanito de tal, con mi historia personal y nada más.

Y mientras yo esté hipnotizado por esa creencia, esta idea me impide vivirme de un modo distinto a lo que creo ser. Soy producto de mi propia autohipnosis. Y la solución no está en hacer esfuerzos para ir más allá, la solución está en deshipnotizarme, y deshipnotizarme quiere decir descubrir, darme cuenta: primeramente del estado de hipnosis en el que vivo, de los esquemas en los que estoy metido siempre, y en segundo lugar irme dando cuenta de que yo soy yo aparte de toda idea, aparte de todo modo particular de ser, aparte de toda comparación y de todo juicio, que yo soy en principio un foco de luz, un foco de felicidad, un foco de energía. No soy ninguna forma particular. Las formas van cambiando, pero lo que yo soy realmente como identidad es esa constante, ese foco. Entonces esto me permite ir soltando mi hipnosis, mi sueño de acuerdo con las ideas que he aceptado. Voy soltando mi crispación en mi modo personal de ser, de hacer, de tener, en mi yo idea y en mi yo ideal, y entonces, en la medida que voy soltando eso, voy teniendo libre acceso a una conciencia superior y también a una conciencia mayor en lo horizontal. La conciencia va despertando a su dimensión total en la medida que voy soltando mi crispación en lo personal, en lo particular. Eso se produce de un modo natural en la medida que hay esta desidentificación, que voy viviéndome como centro y voy soltando mi adherencia, mi adhesión hacia las formas: formas mentales, forma física, forma de hábitos, toda clase de formas.

En estos niveles superiores hay diferentes estados que conviene distinguir.

Son tres grados: desde aquí percibir en la mente la Luz de la Mente Superior en algún aspecto, o bien situarse en ese plano de la Mente Divina, de la Mente Creadora donde se Es la verdad de las cosas y luego, más allá, lo que es pura Luz, la Luz Primordial que es el origen de este plano mental.

Y lo mismo ocurre con el amor y con la energía. Hay unos planos de manifestación de energía y se puede percibir una Energía, pero al mismo tiempo la persona puede ser arriba Campo de Energía y más allá ser la Realidad en Sí más allá de la energía. Y en el aspecto amor, igual. Se puede sentir aquí un Gozo y una Plenitud, se puede ser allí la Felicidad misma, pero más allá se Es la Felicidad en Sí, la pura Felicidad, no un campo de felicidad, el Ser. O sea que estamos apuntando en una escala hacia lo que es la realización última y ese Ser está más allá del campo de felicidad y por eso aparece, de momento, como si fuera un vacío total de esa plenitud.

Siempre, o bien estamos viviendo el campo –el que sea-, o bien buscamos el centro. El centro siempre aparece, de momento como la negación del campo y, por lo tanto, como un vacío de aquello que es el campo.

Lo que pasa es que aquí abajo estamos tan sedientos de plenitud que en cuanto rascamos algo de felicidad de arriba ya nos quedamos embriagados y nos parece que es el fin del trayecto. Y no; todavía somos más grandes, y la realidad es más inmensa que esos estados de plenitud que uno puede vivir en un momento o durante toda la vida.

Y sigue siendo válido lo que os he dicho desde el principio: hay que aprender a vivir los tres aspectos. Sólo los tres aspectos son la correspondencia exacta al Ser central, al vacío original, a la vacuidad original. Sino, podemos llegar a través de uno, pero luego en la manifestación expresaremos aquello y no lo otro. Sólo podemos expresar aquello que hemos ejercitado en el camino y por eso encuentras personas que, porque han realizado algo a través de un camino, están expresando la realidad como si la realidad fuera aquello y nada más. Y en la medida que expresan la realidad de un modo sin haber actualizado los otros, se ve que en su manifestación hay problemas porque hay una parcialidad. Es por eso que yo aconsejo tanto que se vivan las tres cosas: aunque sea más trabajoso en apariencia y menos espectacular; pero es realmente estable (...). Aunque se vaya despacito; pero lo que se alcance será irreversible y equilibrado. De lo contrario siempre surgirá el problema de que uno tendrá que volver para desarrollar lo que no ha desarrollado antes.

No soy yo que me realizo, es el Ser que se realiza en la forma. La realización sólo la puede hacer la realidad, la realidad que se manifiesta a través de unas estructuras, a través de una mente. Yo no me realizo, la realización quiere decir que el yo se va, quiere decir que esa identidad central se expande, pero el yo personal debe haber desaparecido. Mientras el yo personal esté ahí; yo, mí, mío, eso está impidiendo que yo me abra. No obstante la realización la estamos deseando a través de ese yo personal y es una contradicción de términos, porque ese mismo deseo la está impidiendo.

Fuente: http://www.antonioblay.com/Dossier.pdf



www.Agni-Yoga.org

2007-06-05