Eugenio María de Hostos:
Ciudadano de
la Inmortalidad
Por
Miguel Collado
01/11/2010


Eugenio María de Hostos

Hoy, 11 de enero de 2010, se cumplen 171 años del natalicio de Eugenio María de Hostos, uno de los grandes de América. Con él tenemos los dominicanos una deuda de gratitud pendiente de saldar. Es una deuda moral, esencialmente moral, como moral fue la causa que siempre lo impulsó a llevar a cabo esa grandiosa obra transformadora del sistema educativo imperante a finales del siglo XIX en la República Dominicana, país que sintió suyo y que amó con la misma fuerza con que amó a su adormecida patria natal. En honor a su memoria, transcribimos el texto leído por nosotros en el Congreso Hostos y Martí en Nueva York celebrado los días 21, 22 y 23 de noviembre de 2003 en la Ciudad de Nueva York, y organizado por Hostos Community College-The City University of New York (CUNY).

Santo Domingo. (Atanay.Com).-Fueron varias las ocasiones en que el ilustre dominicano Federico Henríquez y Carvajal tuvo que contestar la siguiente pregunta: “¿Cómo ha visto y ve usted al señor Hostos?” Una de ellas fue cuando, el 14 de enero de 1939, pronunciaba su histórico discurso a propósito del centenario del natalicio del Apóstol antillano:

“Siempre lo vi i aun lo veo de alma entera. Así lo vi siempre porque estuve, en un lapso de veintiocho años, muy cerca de él, junto a él, a su lado; nunca en frente i tampoco a sus espaldas. Era bueno. Era sabio. Era justo”. (1)

Es en esa misma ocasión, y al cierre de su discurso, cuando el amigo entrañable de Hostos y de Martí, exclama y sentencia:

“...se oye de nuevo el clamor de la noche triste, el cual ya no es una censura ni una protesta, sino una clarinidad de la Historia que nos dice: ‘Los Grandes Muertos dan testimonio de que Los Grandes Vivos no mueren. Ellos sobreviven, cuando son sembradores e iluminadores i con sus obras i con su vida edifican el alma de las generaciones del presente i el alma de las generaciones del futuro...’” (2)

Decimos nosotros, ahora, a 100 años de su fallecimiento, que Eugenio María de Hostos siempre ha sido un Gran Vivo, y desde su tumba centenaria, sigue dando testimonio de ello, porque la grandeza de su obra espiritual y el ejemplo de su vida como extraordinario ser humano, le sirven de fundamento incuestionable; porque fue un Sembrador como ningún otro en América y porque no hubo senda por donde anduviera que no iluminara con la luz de su pensamiento. Quizá por todo esto es que una extraordinaria mujer y brillante educadora como Ivelisse Prats Ramírez de Pérez nos hace la siguiente confesión:

“...mientras más tiempo pasa más lo admiro y reverencio, más me asombran su valor infinito, su modestia acrisolada, su vocación abnegada de darlo todo por la libertad de los pueblos y de los espíritus.[...] Estaba lleno de una bondad y generosidad que lo condujeron por la vida bordeando el martirio, libre de los egoísmos mundanos, aferrado a esa utopía que cuando hablaba la hacía ver y tocar a sus discípulos, como un mago racional y persuasivo que usaba en vez de trucos la brujería inefable de su inflamado verbo”. (3)

Hostos murió “el 11 de Agosto de 1903, a las 111/4 p.m., durante una perturbación atmósférica” (4), como si acaso la naturaleza expresara su dolor por la muerte de quien tanto la amó. Con dolor profundo, con una pena muy honda, Don Federico describe la atmósfera que, al día siguiente, sirve de manto a esa circunstancia funesta en que tienen lugar las honras fúnebres al Sembrador, al Iluminado:

“La tarde era triste...mui triste! Llovía. La lluvia caía como lágrimas del cielo. El sol, envuelto en una clámide de nieblas, se hundía en el ocaso como si se extinguiese para siempre. La tarde era triste...mui triste! El silencio reinaba en el cementerio...Mudo, con el mutismo de la Esfinge, el cadáver de fisonomía socrática, yacía en el féretro. Mudo estaba el séquito bajo la pesadumbre del gran duelo. Muda la ciudad doliente. Muda la Naturaleza”.(5)

Y es en esa tarde triste del 12 de agosto de 1903, golpeado en el hondón de su alma por la partida de su amigo casi hermano, cuando Don Federico Henríquez y Carvajal pronuncia aquel memorable discurso panegírico del que todavía truena la ya célebre frase: “Esta América infeliz que sólo sabe de sus grandes vivos cuando pasan a ser sus grandes muertos”.

¿De qué murió Hostos? Los médicos que lo asistieron durante los pocos días de su breve gravedad fueron connotados facultativos egresados de la Universidad de París: Francisco Henríquez y Carvajal, Arturo Grullón y Rodolfo Coiscou. Eran, además, amigos suyos, especialmente el primero. Grullón y Coiscou fueron sus discípulos aventajados. Conforme a la opinión profesional emitida por ellos, el Sr. Hostos -¡cómo era respetado este hombre!- había muerto

“de una afección insignificante a la cual hubiera vencido fácilmente cualquier otro organismo menos debilitado y, sobre todo, menos postrado por el profundo abatimiento moral que minaba hacía algún tiempo la existencia del insigne educador” (6)

Ese profundo abatimiento moral no tan sólo socavaba su salud física, sino también su salud espiritual, su ser más profundo, sus ganas de vivir, su deseo de seguir. Y ese mortal abatimiento lo atribuían sus amigos más íntimos

“a la desesperanza de la redención de su patria nativa, Puerto Rico [ y al] rumbo proceloso y torpe por el cual impulsó la angustiosa vida de su patria adoptiva, la República Dominicana, la irreflexiva y funesta división de los elementos que dirigían el Estado a partir de la caída del Gobierno de Heureaux” (7).

Y bajo esas circunstancias históricas sombrías es que tiene lugar la muerte de Eugenio María de Hostos. Pero hay una circunstancia que no es ni física ni política ni de otro tipo, sino moral-espiritual, que socava la vida del preclaro antillano. Pedro Henríquez Ureña, que había sido tocado tempranamente -en su adolescencia- por la magia envolvente del pensamiento hostosiano, la describe así:

“Volvió a Santo Domingo en 1900 a reanimar su obra. Lo conocí entonces: tenía un aire hondamente triste, definitivamente triste. Trabajaba sin descanso, según su costumbre. Sobrevinieron trastornos políticos, tomó el país aspecto caótico, y Hostos murió de enfermedad brevísima, al parecer ligera. Murió de asfixia moral” (8).

Pero ya antes, en agosto de 1903 y viviendo en Nueva York junto a su hermano Pedro, Max Henríquez Ureña había escrito:

“Enemigos cobardes saliéronle al paso. Sus discípulos se dispersaron en el agitado campo de la política, y cuando se creyó llegada la hora de las grandes redenciones, el estruendo de la lucha fratricida asordó los aires, y la guerra civil devastó de nuevo los campos de la patria” (9) .

Y luego dice: “[a Hostos] Lo mató la tristeza, lo mató el dolor del ideal irrealizado” (10).

Francisco Henríquez y Carvajal, uno de sus más leales colaboradores en su afanosa empresa transformadora del sistema educativo dominicano, fue el médico de su confianza que presenció su despedida definitiva. En su ofrenda a Hostos, titulada “Mi tributo”, él recomienda:

“Es preciso conocer á Hostos; profundizarlo, para conocerlo; conocerlo, para encantarse en él; encantarse en él, para amarlo; amarlo, para darlo á conocer, para enseñarlo como es él en verdad; conocerlo profundamente, conocer en todo su alcance el gran poder de su mente razonadora y el noble sentimiento que lo animó, que le dio siempre una fisonomía de inacabable bondad, para, tal como es, mostrarlo al pueblo...” (11)

Una mujer, una ejemplar educadora, Luisa Ozema Pellerano Castro (1870-1927), una de las primeras graduadas de Maestra Normal, en 1887, en el Instituto de Señoritas fundado por la eximia poetisa Salomé Ureña de Henríquez, pronunció, ante la tumba del Maestro de Maestros, las siguientes palabras elegíacas:

“¡Ha muerto el amado Maestro!, era el alarido de dolor inconforme que se exhalaba de todas las almas. Y mi alma, surjiendo de las sombras de ese dolor, se decía á cada instante: ¡Mentira! Es un sueño. El no ha muerto; él no puede morir, porque vive en el espíritu de las generaciones educadas en su apostolado de verdad y amor.

“Y hoy, ante la tumba cubierta de flores que guarda tus restos mortales, torna el alma conmovida á repetirme que tú eres inmortal, porque fuiste bueno y sabio, y enseñaste lo que predicabas y viviste lo que predicaste. Por eso tu vida fue perenne ejemplo de altísima enseñanza moral”.(12)

Las palabras de Luisa Ozema aparecieron en el periódico mocano El Pueblo, 18 días después del fallecimiento de Hostos, con el siguiente título: “El inmortal”. Y esas palabras nos hicieron reflexionar profundamente sobre la perennidad de la obra del Ciudadano de América, como llamara el puertorriqueño Antonio S. Pedreira al Maestro Eugenio María de Hostos en 1932. Hoy, ante ustedes, en esta ciudad de Nueva York por donde todavía su espíritu libertario anda, nosotros lo nombramos de otro modo: “Eugenio María de Hostos, luminoso Ciudadano de la Inmortalidad”.

NOTAS:

(1) Rev. Clío, Santo Domingo, VII (XXXIV) : 47, marzo-abril, 1939.
(2) Loc. cit..
(3) “Mi rosa blanca para el Maestro”. Listín Diario, Santo Domingo, enero 11, 2003.
(4) Eugenio M. Hostos. Biografía y bibliografía. Santo Domingo : Imp. Oiga..., 1905. Pág. 26.
(5) Rev. Clío, Santo Domingo, VII (XXXIV) : 47, marzo-abril, 1939.
(6) “Relación de la enfermedad, defunción, entierro y actos de duelo efectuados en honor del eminente educacionista”, en Eugenio M. Hostos. Biografía y Bibliografía. Santo Domingo : Imp. Oiga..., 1905. 384 p. Ver: 2 ed. : Santo Domingo : Comisión Permanente de
la Feria del Libro, 2003. Pág. 38. (“Ediciones Ferilibros”).
(7) Idem, pp. 38-39.
(8) Pedro Henríquez Ureña, “Ciudadano de América”, en
La Nación (Buenos Aires), 28 de abril de 1935. Reproducido en Hostos. Moral social. Buenos Aires : Editorial Losada, 1939. Págs. 7-13. (Col. “Grandes Escritores de América”; No. 2). ?
(9) Max Henríquez Ureña. “Hostos”, en Eugenio M. Hostos. Biografía y bibliografía. Santo Domingo : Imp. Oiga..., 1905. 384 p. Ver: 2 ed. : Santo Domingo : Comisión Permanente de
la Feria
del Libro, 2003. Pág. 161. (“Ediciones Ferilibros”).
(10) Loc. cit..
(11) “Mi tributo”. En: Eugenio M. Hostos. Biografía y bibliografía. Santo Domingo : Imp. Oiga..., 1905. Pág. 347.
(12) Periódico El Pueblo, Moca, agosto 29, 1903.